Rehabilitación monumental
Introducción
Monumento (del latín monumentum, «recuerdo "Recuperación (memoria)")», «erección conmemorativa», «ofrenda votiva»)[1] es toda obra con suficiente valor para el grupo humano que lo erigió. Ha de ser "pública y patente". Aunque inicialmente el término se aplicaba a las estatuas, inscripciones o sepulcros erigidas[2] su uso fue extendiéndose y ha llegado a comprender cualquier construcción que posea valor "artístico, arqueológico, histórico" o similar, destacadamente las arquitectónicas que, enclavadas en un núcleo urbano o aisladas en el medio rural, cumplen la función de hito por su visibilidad y se convierten en símbolos de ese lugar.[3]La enciclopedia The Palgrave Encyclopedia of Cultural Heritage and Conflict incluye la siguiente definición de "Monumento".
Monumentos funerarios
Contenido
En la Antigüedad, y durante las Edades Media y Moderna, el término se aplicaba especialmente a monumentos funerarios, de modo que es sinónimo de "tumba" en las lenguas románicas.[5].
Monumentum Romanum
El Monumentum Romanum era una inscripción de sus gestas (Res Gestae Divi Augusti) que Augusto había ordenado disponer en dos placas de bronce en la puerta de su mausoleo. Se hicieron copias por todo el imperio, conservándose una notable versión griega en Ankara (el Monumentum Ancyranum), y fragmentos de una latina en Antioquía (el Monumentum Antiochenum")).[6] Otros fueron columnas triunfales[7] como la trajana o la de Marco Aurelio. El más antiguo monumento romano era la Lapis Niger, cuyo concreto significado se había olvidado ya en época clásica, pero que se seguía venerando en el Foro, junto al Volcanal (que conmemoraba las primeras victorias militares de Roma).
Heroon
Heroon era la denominación de los monumentos funerarios o templos dedicados al culto de los héroes griegos y romanos, estuviera o no levantado sobre su tumba (en caso negativo el monumento se denomina cenotafio). Los ejemplos más tempranos son los micénicos. Recientemente se ha identificado la tumba de Anfípolis como un para Hefestión, compañero de Alejandro Magno. Plutarco recoge que, apenado por su muerte, mandó al arquitecto Deinócrates que le "erigiera santuarios por todos sus dominios".[8] Lo propio hizo con su favorito Antínoo el emperador romano Adriano, cuya imagen mandó reproducir por todo el Imperio, además de dedicarle un templo en el lugar de su muerte, que rebautizó como Antinoópolis.