Planificación energética urbana
Introducción
La planificación energética o planeamiento energético se entiende habitualmente como el proceso de elaborar políticas a medio y largo plazo para ayudar a guiar el futuro de un sistema energético local, nacional, regional o incluso mundial.[1] A menudo se lleva a cabo por actores con poder político explícito (gobiernos nacionales o regionales, ministerios), pero también puede ser realizada por grandes empresas energéticas, de electricidad o productores de petróleo y gas. La planificación energética se puede llevar a cabo con aportaciones de diferentes partes interesadasː organismos estatales, compañías eléctricas públicas o privadas, instituciones académicas, consumidores, empresarios y otros grupos de interés.[2].
En otra definición, la planificación energética es la previsión de las necesidades energéticas futuras y de las actuaciones para atenderlas.[3][4].
Desde 1973, la ciencia del modelado energético (o modelización energética), en la que se basa la planificación energética, se ha desarrollado significativamente. Los modelos energéticos se pueden clasificar en 3 grupos: pronóstico descriptivo, normativo y futurista.[5].
La planificación energética a menudo se lleva a cabo utilizando enfoques integrados que consideran tanto la provisión de suministros de energía como el papel de la eficiencia energética en la reducción de la demanda (planificación integrada de recursos).[6] La planificación energética siempre debe tener en cuenta la demanda resultante del crecimiento de la población y del desarrollo económico.
Planificación y conceptos de mercado
La planificación energética tradicionalmente ha desempeñado un papel importante en el establecimiento del marco para la normativa del sector energético (por ejemplo, influyendo en qué tipo de centrales eléctricas podrían construirse o qué precios se cobrarían por los combustibles). Pero de 1980 a 2000 muchos países han liberalizado sus sistemas energéticos, de modo que el papel de la planificación energética se ha reducido y las decisiones se han dejado cada vez más en manos del mercado. Podría decirse que esto ha llevado a una mayor competencia en el sector energético, aunque hay poca evidencia de que esto se haya traducido en precios de la energía más bajos para los consumidores.[7] De hecho, en algunos casos, la desregulación ha llevado a concentraciones significativas de poder de mercado, con grandes empresas muy rentables que tienen una gran influencia en la fijación de precios.