Plan de arquitectura insurgente urbana
Introducción
La Ciudad de México ha ido expandiendo masivamente su tejido urbano y densidad de población, convirtiéndose en la quinta ciudad más grande del mundo.[1] Una combinación de políticas neoliberales, ubicación geográfica compleja, disparidades socioeconómicas y estrategias ineficientes, han influido en el proceso de gentrificación de la ciudad.
La combinación de numerosos megaproyectos y estrategias de planeación urbana ineficientes han llevado a que hayan disfunciones en la circulación, la asignación comunitaria y la igualdad de acceso a los recursos. En consecuencia, las comunidades de ingresos medios y bajos se han visto directa o indirectamente alienadas y desafiadas a adaptarse a un entorno urbano complejo y en evolución.[2][3].
Historia del desarrollo de la Ciudad de México
La historia de la Ciudad de México comienza con Tenochtitlán, un asentamiento mexica construido alrededor de 1325 dC en el Valle de México. Desarrollado como una serie de islas artificiales sobre un lago, el pueblo estaba conectado por un sistema de canales, rodeando el acueducto de Chapultepec que servía como principal recurso de agua dulce y por lo tanto como base para la evolución del asentamiento. El Imperio Mexica creció rápidamente después de conseguir el control de las tierras circundantes alcanzando un tamaño de alrededor de 15 km y una población de alrededor de un millón de habitantes. Estas personas vivían en casas bajas hechas de adobe, comúnmente anexadas a chinampas para el cultivo. Las viviendas se compartían entre familias y se agrupaban en torno a un patio creando una diversidad de vecindades que rodeaban las construcciones públicas centrales en torno al Templo Mayor. Las principales áreas definidas por el imperio (Tepeyac, Tlacopan, Coyoacán, Iztapalapa y Texcoco) continúan siendo parte de la ciudad moderna.[4] Las divisiones sociales según el estatus familiar, la riqueza, la ocupación, la edad y el género también eran culturalmente predominantes e influyentes en la arquitectura y el urbanismo de la época. Por ejemplo, las élites (o colonos europeos) a menudo vivían en grandes viviendas llamadas haciendas, mientras que el resto de las comunidades indígenas sobrevivía en pequeños lotes construidos de manera informal.[5].
El desarrollo de la Ciudad de México como el entorno urbano que reconocemos hoy, comenzó a tomar forma con la llegada de Hernán Cortés, el conquistador español, a Tenochtitlán en 1519. Cuando el Imperio Azteca liderado por Moctezuma fue derrocado, los españoles tomaron el control de la planificación y organización de la ciudad.[5] La división de bloques en cuadrícula, alrededor de una plaza central a la que se accedía a través de cuatro calles principales, creó un diseño práctico que ayudó a los españoles a retener el control, administrar la división de lotes y mantener una unidad de poder consolidado. La colocación de edificios de autoridad, instituciones religiosas y espacios económicos y sociales, enfatizó la plaza como el punto de partida físico, cultural y comercial de la ciudad. La estandarización de la arquitectura y la creación de un tejido urbano a través de una red de asentamientos diversos también habla del sentido de permanencia y expansión que aspiraban los conquistadores. La construcción de nuevos sitios fue incentivada al otorgar a los primeros colonos españoles un estatus de élite urbana y poder político que se mantendría de generación en generación. Las Ordenanzas de Indias de Felipe II, sentaron las bases para la fundación de ciudades en el Nuevo Mundo, siguiendo un conjunto de reglas estrictas de ordenación espacial y jerarquías, inspiradas en las ideas urbanísticas clásicas romanas.[6] En este sistema de riqueza adquirida surgieron otras formas de explotación como el trabajo forzoso, la expropiación de tierras, el control de los recursos minerales, la imposición de precios elevados a los bienes y los impuestos, así como sistemas más complejos como la encomienda y el latifundio, muchas veces relacionados con la implantación del cristianismo.[7].