El habitar y la arquitectura
Gracias al acercamiento del filósofo alemán Martin Heidegger, el término ha sido retomado por algunos teóricos de la arquitectura; el primero de ellos fue el arquitecto noruego Christian Norberg-Schulz, quien, retomando el carácter espacial del habitar, desarrolló diversos estudios en torno a la identidad, la pertenencia, el lugar, así como el sentido mismo de la existencia humana.
El autor menciona que la identidad humana está profundamente relacionada con los lugares y las cosas. Nos habla además de que la identificación y la orientación son aspectos primarios del estar-en-el-mundo del hombre, donde la primera es la base de su sentido de pertenencia. Nos dice que la verdadera libertad humana presupone pertenencia, por lo que “habitar” significa pertenecer a un lugar concreto.[11].
A la usanza de Heidegger, Norberg-Schulz aborda el término desde sus raíces lingüísticas, considerando que “habitar” se deriva del Nórdico Antiguo dvelja, que significa persistir o permanecer. Por lo que habitar significa estar en paz en un lugar protegido. La palabra del alemán correspondiente a habitar Wohnung, deriva de das Gewohnte, que se refiere a lo conocido o habitual. En otras palabras, el hombre reconoce lo que le es accesible a través del habitar. Así, el autor llega al problema de la “reunión” del hombre con su ambiente; donde el reunir acaece cuando cada día de la existencia se vuelve habitual. Por lo que habitar significaría entonces, reunir el mundo en una construcción o cosa concreta.[11].
De esta manera, el hombre habita cuando es capaz de concretizar el mundo en construcciones y cosas. Donde la “concretización” o “concreción” es la función del trabajo del arte, en oposición a la “abstracción” de la ciencia.[11] Creando un imago mundi (imagen del mundo), el trabajo del arte ayuda al hombre a habitar. Citando a Hölderlin, Norberg-Shulz menciona que habitar, en el pleno sentido del término, quiere decir “habitar poéticamente”. Por lo que solo la poesía, en cualquiera de sus formas (también como el “arte de vivir”) hace de la existencia humana algo significativo; siendo esta búsqueda de sentido, la necesidad fundamental humana.[12].
De esta manera, el propósito de la arquitectura –al pertenecer a la poesía–, es ayudar al hombre a habitar; por lo que hacer ciudades y edificios prácticos –o funcionales– no es suficiente. La arquitectura surge cuando “el entorno total se hace visible”, es decir, cuando se concretiza el genius loci. Lo cual sucede solo cuando el sentido de las construcciones reúne las propiedades mismas del lugar y las acerca a los hombres. Asimismo, este “pertenecer a un lugar” es posible solo cuando se tiene un punto de apoyo existencial.[12].
El arquitecto catalán Josep Muntañola también ha estudiado la noción de lugar, retomando de cierta manera la profundidad del habitar, no obstante, su abordaje se aleja del sentido heideggeriano, al entrelazar su tesis con la lógica y la sociofísica del lugar.
En su libro La arquitectura como lugar, el autor menciona que su postura rechaza el estudio de la arquitectura como máquina de vivir o como símbolo natural e independiente, aceptando la posibilidad de concebirle “como un proceso permanente de reinterpretación creativa, sensible y racional de nuestro habitar”.[13] Entre otras cosas, el autor aborda la lógica del lugar desde distintos preámbulos, entre ellos el filosófico.
De Heidegger, Muntañola retoma los conceptos de lo “a la mano” y lo “ante los ojos”, junto con la simultanteidad de un “dirigir” –o preferenciar caminos– y un “des-alejar” o aumentar el campo de actuación. Relación que, nos dice, consigue el filósofo sobre la base del habitar. Siendo así, menciona que Heidegger nos ha indicado una aplicación a la arquitectura como lugar de su paradigma esencial del “desalejar construyendo” y el “privilegiar pensando”, estructurados simultáneamente en el habitar. Los cuales, a partir de su correspondencia con los conceptos de espacio de Leroi-Gourham, el autor adopta las denominaciones de “lugar radiante” y “lugar itinerante”.[13].
Aceptando que el lugar es siempre lugar de algo o de alguien, el autor estudia las interrelaciones entre ese algo o alguien que habita el lugar y el lugar en sí. Si la arquitectura consigue lugares para vivir, lo hará solo mediante la transformación de la materia física; transformación que, menciona, no puede estar muy alejada del “espaciarse un espacio” de Heidegger. Muntañola considera que, aunque Heidegger inició sus estudios sobre el lugar humano con análisis etimológicos, su alcance científico es limitado, por lo que no es difícil caer en asociaciones significativas triviales o erróneas.[13].
Asimismo menciona que “el lugar y la arquitectura son objetos privilegiados para estudiar la dialéctica entre la lógica del lugar y la experiencia que tenemos de él”. Retomando también el concepto de Hegel, para quien el lugar es una unión del espacio y el tiempo, en el que el espacio se concreta en un ahora al mismo tiempo que el tiempo se concreta en un aquí, el autor nos dice que el lugar “sólo es espacio en cuanto es tiempo, y sólo es tiempo en cuanto es espacio”.[13].
“La lógica del lugar coincide siempre (…) con el paradigma que en cada época el hombre ha tenido sobre las interrelaciones entre sí mismo y su medio ambiente”.[13] Acuerdo entre movilidad conceptual y forma figurativa, la lógica del lugar marca la medida bajo la cual la humanidad se representa a sí misma, lo cual nos acerca al “corazón de la arquitectura como lugar para vivir”.[13].
Como se ha mencionado, en La arquitectura como lugar, Muntañola considera el término habitar como parte de un todo más grande: el lugar. No llegando a realizar una definición específica del término, pero sí integrándolo a las diferentes dimensiones significativas del lugar. En su análisis del lugar ocupado –sociofísico–, menciona que puede ser el resultado de tres tipos de polaridades estructurales y funcionales: la polaridad habitar-hablar, la polaridad figurar-conceptualizar y la polaridad medio-físico-medio-social. Es decir, “la diferenciación progresiva de lugares produce una diferenciación en el medio físico y en el medio social y, a la vez (…) un “despegue” del hablar desde el habitar”.[13].
Asimismo, en su texto Topogénesis: fundamentos de una nueva arquitectura, el autor aborda el término “topogénesis”, describiéndolo como la génesis del lugar habitado. El cual ha de estudiar desde sus dimensiones complementarias: poética, retórica y hermenéutica. La primera de ellas se encuentra vinculada al concepto de habitar, pues aunque no se mencione literalmente, lo dicho por Heidegger y Norberg-Schulz al respecto, corresponde con los abordajes de la poética que el autor retoma, y que tienen su base además en Aristóteles, Kant y el propio Heidegger.[13].
De esta manera, el autor aborda la poética desde las dimensiones estéticas de la topogénesis; diciendo que “la belleza de los lugares habitados siempre ha tenido, en los tratados de arquitectura, el contenido poético del entrecruzamiento entre construcción y habitar”.[13] Así, la poética del habitar de la cual nos habla, se alcanza a través del diseño arquitectónico, centrándose en la imaginación y la sensación; al igual que Norberg-Schulz, trascendiendo las cuestiones superficiales de la arquitectura.
La experiencia del habitar es, para Saldarriaga"), la base fundamental de la experiencia de la arquitectura en la que interviene, definitivamente, la representación del mundo; no solo en el plano físico y psicológico, sino también en el cultural.[14] En su obra La Arquitectura como experiencia el autor recoge las ideas sugeridas por Heidegger en torno al concepto de habitar, como uno de los puntos de partida de su tesis. “En el interior del individuo se instala una réplica del mundo físico con cuya ayuda se ubica, se orienta, recorre territorios y lugares, los reconoce, los nombra, los aprecia o rechaza, en fin, los habita”.[15] El autor define el habitar como un “fenómeno existencial complejo que se lleva a cabo en un escenario espacio-temporal”. Siendo sus definiciones formales ocupar un lugar, vivir en él; y sus sinónimos, vivir, morar, residir en un lugar. Asimismo, habitar es “afirmar la presencia de la vida en el espacio”.[16].
El carácter circular que revela Heidegger, sobre llegar a habitar solo a través del construir, define la esencia íntimamente ligada de ambos conceptos, derivando el carácter existencial de la arquitectura y el carácter arquitectónico de la humanidad.[17] El autor hace una analogía para entender la profundidad del construir: los animales delimitan un territorio tan amplio como sus instintos y necesidades requieren; algunos construyen nidos o panales, otros cavan sus madrigueras o forman montículos como espacios propios; otras especies migran. La humanidad construye. “Habitar es asegurar supervivencia, continuidad y es también una afirmación de la vida y una defensa contra el temor de la muerte. La habitación es un lugar profundamente relacionado con la angustia básica del ser humano, es su alivio”.[18] Asimismo, habitar se relaciona con hábito, es decir con el sentido de costumbre; implicando así, los ritos de la cotidianidad.[19] “Habitar requiere el calor del hogar”.[20].