Gótica
Introducción
Arte gótico es la denominación historiográfica dado al movimiento artístico que se extendió por Europa occidental durante la Edad Media tardía, desde mediados del siglo , con la reforma de la iglesia de la abadía de Saint-Denis (1140-1144), cerca de París, y que se prolongó hasta la llegada del arte renacentista (siglo para Italia), y hasta bien entrado el siglo en muchos lugares. Se trata de un amplio período artístico, que surge en el norte de Francia y se expande por todo Occidente. Según los países y las regiones, se desarrolla en momentos cronológicos diversos, ofreciendo en su amplio desarrollo diferenciaciones profundas: más puro en Francia (siendo bien distinto el de París y el de Provenza), más horizontal y cercano a la tradición clásica en Italia (aunque al norte se acoge uno de los ejemplos más paradigmáticos, como la catedral de Milán), con peculiaridades locales en Flandes, Alemania, Inglaterra y España.[1].
En un principio, el término gótico fue utilizado de forma despectiva por los escritores clasistas italianos del Renacimiento, quienes consideraban feo o inferior todo lo que no se ajustaba al canon grecolatino. Durante la época de esplendor del gótico, la pintura y la escultura comenzaron a independizarse de la subordinación al soporte arquitectónico que existía en el arte románico.
Entre las principales características del arte gótico destaca lo siguiente:[2].
- La estética de la ((luz)) que fue entendida como manifestación de lo divino y símbolo de la presencia de ((Dios)),en consonancia con la visión teocéntrica medieval.
- Su aplicación predominante en la ((arquitectura religiosa)), en especial los monasterios y catedrales.
- El uso de materiales brillantes y colores intensos, que acentuaban el efecto de luminosidad y dramatismo visual.
Contexto histórico
El arte gótico propiamente dicho coincide en el tiempo con la Plena Edad Media y la crisis del siglo XIV.
Si su predecesor, el arte románico, reflejaba una sociedad ruralizada de guerreros y campesinos, el gótico coincide con el resurgimiento de las ciudades, donde se desarrollaron la burguesía y las universidades, y con la aparición de nuevas órdenes religiosas (monásticas como los cistercienses y mendicantes como los franciscanos y los dominicos). También se acentuaron los conflictos y la disidencia (revueltas populares, herejías, desarrollo y crisis de la escolástica,[3] Cisma de Occidente); culminando en los pavorosos espectáculos de la peste negra y la guerra de los Cien Años, un mundo tan cambiante que solo puede entenderse en términos de una mutación fundamental (para la historiografía materialista, la transición del feudalismo al capitalismo).