Las constataciones anteriores no deberían ser usadas para, lisa y llanamente, descartar el uso del concepto de exclusión social. La exageración en el uso del mismo, bajo el impulso inicial de aquella retórica tan común en los años 80 acerca de lo que se llamó “la sociedad de los dos tercios”, no debe ir en detrimento de su utilidad para describir y estudiar fenómenos cualitativamente importantes en las sociedades contemporáneas. Se trata, en lo fundamental, de la existencia de bolsones de privación y exclusión que, justamente por ser globalmente muy acotados y minoritarios, no pueden ser detectados ni menos aún estudiados mediante el tipo de herramientas usadas por los estudios antes mencionados. En muestras representativas de una sociedad en su conjunto los individuos que forman parte de estos bolsones de exclusión se diluyen quedando reducidos a excepciones individuales. Sin embargo, cuando estas excepciones viven agrupadas se producen procesos que es necesario no perder de vista ya que pueden llegar a tener una significación social que es muy superior a la importancia meramente cuantitativa de las personas que componen esos bolsones.
Este punto es crucial no sólo desde el punto de vista de los métodos de investigación sino sobre todo para comprender lo que podemos llamar “exclusión social profunda”,[7] que siempre es colectiva y que se diferencia radicalmente de la vivida individualmente. Una cosa es ser desempleado o pobre, o tener un acceso limitado a una serie de recursos básicos y vivir una vida de gran aislamiento social pero hacerlo como una excepción en ambientes sociales mayoritariamente compuestos por personas que no viven esas situaciones; otra cosa muy distinta es hacerlo como parte de un colectivo que abrumadoramente comparte esas características. En el primer caso tenemos un individuo en una situación difícil, que además vivirá bajo el estigma de una cultura ambiente donde la inclusión y participación social son la norma. En el segundo caso, se forma una cultura de la exclusión y formas colectivas de vida y movilización social que reflejan la situación de exclusión. En el primer caso estamos ante un hecho lamentable y sin duda digno de atención pero de limitada relevancia social; en el segundo estamos ante un hecho que, aunque en su conjunto no abarque a demasiadas personas, puede dar origen a conflictos sociales de gran trascendencia y transformarse en una real amenaza para la cohesión social. Se puede producir así una verdadera ruptura del lazo social de que hablaba Durkheim junto a la formación de una especie de cultura alternativa o incluso de una contracultura, una forma de aquella “cultura de la pobreza” de la que Oscar Lewis estudió ya en los años 50 del siglo pasado.[8].
Esta es una perspectiva que, entre otros, permite entender hechos como los dramáticos motines urbanos que asolaron tantas ciudades francesas en octubre y noviembre de 2005.
Dicho esto no hay que olvidar una de las características más destacadas que a menudo muestran estas áreas, a saber, el alto nivel de recambio poblacional de las mismas. Este hecho es muy conocido gracias a los estudios estadounidenses ya clásicos sobre los sorprendentes cambios que ha ido experimentando la composición poblacional y étnica de los guetos urbanos.[9].
Estudios recientes realizados en Suecia muestran la misma característica: el recambio anual de población oscila entre una quinta y una cuarta parte de los habitantes de los barrios más destituidos, especialmente cuando tienen una alta o muy alta proporción de población inmigrante.[10] El “gueto” es por ello, en realidad, algo muy distinto de lo que la misma palabra gueto sugiere. No es un área cerrada y aislada sino el escenario de muchas aves de paso, a menudo de llegada reciente, que encuentran en las áreas más pobres de la geografía urbana su primera residencia para luego continuar su viaje. Sin embargo, la investigación también muestra que en las áreas de alta vulnerabilidad y privación va quedando un remanente permanente que sí puede ser descrito como “los excluidos” y que le dan su particular atmósfera social y cultural a esas áreas. En todo caso, la existencia de bolsones de exclusión que hoy por hoy toman la forma de guetos urbanos con altas concentraciones de inmigrantes o minorías étnicas forma un objeto de estudio y atención pública de la más alta relevancia. Por ello es pertinente que se siga trabajando y profundizando en el tema de la exclusión social, pero dejando de lado las exageraciones hasta ahora cometidas y dotándose de un diagnóstico correcto de la “exclusión social profunda”, lo que requiere de herramientas de estudio y medición adecuadas para entender un fenómeno que escapa a nuestras estadísticas habituales.
La utilización del deporte como mecanismo para lograr desarrollo e inclusión social, está ampliamente difundido en todo el mundo, aun cuando la evidencia rigurosa sobre la efectividad de este tipo de intervenciones es escasa. En este contexto, CAF está llevando a cabo una agenda de investigación cuyo objetivo es lograr un mejor entendimiento del potencial de la práctica regular del fútbol como vía para fomentar el desarrollo y la acumulación de habilidades en niños y jóvenes. Para ello, realizaron dos estudios, uno en Colombia y otro en Perú, que contaron ambos con una muestra superior a 1600 jóvenes.
Los resultados de ambas evaluaciones permiten concluir que los programas de fútbol para el desarrollo podrían ser beneficiosos, siempre que se ponga atención a la manera en cómo se implementen y en quiénes se focalicen. De lo contrario, pueden ocasionar efectos negativos en los beneficiarios, especialmente problemas de conducta y agresividad. En este sentido, estos programas tienen el potencial de generar cambios positivos sobre dimensiones socioemocionales y cognitivas cuando se implementan bajo entornos de baja competencia. Por último, el máximo potencial de estos programas, en el corto plazo, se obtiene cuando se focalizan en niños de 8 a 13 años.[11].
Más de 59,5 millones de personas se han visto forzadas a salir de sus hogares a nivel mundial, de las cuales 19,5 millones están clasificadas como refugiados. Los programas de reasentamiento de refugiados se ofrecen a aquellos con necesidades especiales o que deben ser trasladados a países distintos de aquellos en los que inicialmente buscaron protección. Actualmente, 28 países ofrecen estos programas, que tienen como uno de sus objetivos la integración económica de los refugiados, mediante capacitaciones, educación y servicios de salud mental. Sin embargo, los refugiados reasentados a menudo suelen experimentar altos niveles de desempleo y pobreza.
Una revisión de 23 estudios que examinan los resultados de los refugiados que han sido parte de un programa de reasentamiento, encontró que ninguno de los estudios cumplía con los criterios de inclusión para la revisión. Por ende, no se sabe con certeza como ayudar a que los refugiados mejoren su integración económica. Esto no implica que estos programas no tengan efectos, solo que no se sabe cuáles son. Resulta sorprendente esta falta de conocimiento, dada la importancia política de tales programas, los niveles de inversión y el número de personas afectadas. Esta brecha de conocimiento debe ser superada con investigaciones más rigurosas.[12].