Diseño y construcción
Entorno geográfico
La península al norte de Lisboa forma una especie de bolsa, rodeada de agua por tres de sus costados (estuario del Tajo, al este y al sur, y océano Atlántico al oeste). Por el costado norte la tierra firme es quebrada y de difícil acceso, ocupada por varias cadenas de colinas que obstaculizan el paso y facilitan la defensa.[5] A través de esa abrupta península cuatro calzadas pavimentadas conducían a Lisboa: desde Torres Vedras por Mafra, desde Torres Vedras por Montachique, desde Sobral por Bucelas y una última a lo largo de la orilla del Tajo, desde Vila Franca por Alhandra y Alverca.[6].
La tarea que se proponía Wellington era reforzar y fortificar, con rapidez y secreto, este costado norte o terrestre de la península de Lisboa de modo que se se pudieran bloquear a voluntad las rutas de acceso a Lisboa, inutilizar cualquier vía secundaria o camino de herradura y evitar que cualquier agrupamiento militar pudiera encontrar cobijo en el arbolado o en las irregularidades del terreno. En una palabra, convertirlo en una fortaleza capaz de sostener un asedio prolongado.
Tras un reconocimiento personal del terreno y un estudio de la cartografía topográfica elaborada tras la primera invasión "Invasión de Portugal (1807)") por el ingeniero portugués José Maria das Neves Costa, las ideas definitivas de Wellington se plasman en un memorándum dirigido, el 20 de octubre de 1809, al Coronel Richard Fletcher, jefe de ingenieros militares en Lisboa. En él le pide que construya una línea de fortificaciones que cerrara la península de Lisboa, desde el Atlántico al río Tajo, a la altura de Mafra, que Fletcher inmediatamente concretó en un proyecto de reductos enlazados.
Diseño
El proyecto de Fletcher no trataba de construir una fortificación continua, al estilo de la muralla china, sino aprovechar los escasos fuertes o reductos preexistentes y completarlos con muchos otros que se dieran apoyo mutuo. Se trataría de fortificaciones temporales, y por ello se pensó hacerlas de tierra, no de muros de mampostería. El conjunto constaría sobre todo de espesos parapetos "Parapeto (militar)") con banquetas "Banqueta (guerra)"), rodeados de terraplenes y fosos, y precedidos de un glacis que evitara las aproximaciones encubiertas del enemigo. Se abandonó la idea de construir fuertes estrellados al estilo del siglo , y se prefirieron la formas redondeadas, más sencillas. Los fuegos defensivos cruzados provendrían de otros fuertes cercanos y de trincheras excavadas en ángulo originadas en el propio fuerte. Los fuertes se dimensionaban, en función del terreno disponible, para alojar de dos a seis piezas de artillería, y con guarnición de cincuenta a quinientos hombres.[7].
También se contemplaban escarpes y desmontes para acentuar los desniveles del terreno y hacerlos inaccesibles, así como barricadas para bloquear barrancos y estrechuras, y otros obstáculos adicionales (diques para inundar el terreno, empalizadas, caballos de frisia, trampas, abrojos "Abrojo (arma)"), abatís, polvorazos "Polvorazo (militar)")). El ejército regular, refugiado dentro de las líneas, no estaría acantonado dentro de los fuertes y reductos, que ya tenían su propia guarnición, sino a campo abierto entre ellas, dispuesto a dirigirse a los puntos sometidos al ataque enemigo. Para ello se construyeron caminos ocultos que favorecieran el tránsito a lo largo de las líneas. Por último, se estableció un sistema de semáforos "Semáforo (comunicación)") ópticos, operados por marineros de la armada británica, para comunicar con rapidez avisos y órdenes.
El retraso en el avance del ejército francés, que tuvo antes que tomar las plazas fuertes de Ciudad Rodrigo y Almeida "Almeida (Portugal)"), a uno y otro lado de la frontera hispano-portuguesa, dio un plazo suplementario de cinco o seis meses que se utilizaron en reforzar la línea de fortificaciones inicialmente planeada (la de Mafra) con una nueva línea por delante (la de Torres Vedras), además de dos líneas menores, la de la fortaleza de San Julián de la Barra, lugar previsto para el reembarque y evacuación de las tropas inglesas, que no llegó a utilizarse, y otra, que tampoco se utilizó, enfrente de Lisboa pero en la orilla opuesta del estuario del Tajo.[8].
Construcción
La construcción de las líneas se extiende durante cerca de un año. Comienzan en noviembre de 1809, y se interrumpen en octubre de 1810, cuando se presentan delante las fuerzas francesas. Tras su marcha, aún seguirían los trabajos por si fueran nuevamente necesarias, dándose por terminadas en 1812. El número de posiciones finalmente construidas fue de 152, artilladas con 534 piezas y guarnecidas con 34.125 hombres, en su mayoría tropas no regulares.[10].
La construcción estuvo rodeada del máximo secreto y fueron muy pocas las inevitables filtraciones.[11] De hecho, fue una total sorpresa para la los franceses cuando llegaron frente a ellas, no habiendo sabido detectarlas su inteligencia militar.
El conjunto de las líneas se dividió en sectores o distritos, de los que hubo cinco en la primera línea y cuatro en la segunda. Cada sector estaba encargado a un ingeniero militar con muy pocos ayudantes. La dirección de las obras nunca superó a diecisiete personas, once británicos, dos hannoverianos y cuatro portugueses, auxiliados por no más de dieciocho soldados. [12] Contaron con la ayuda de ciento cincuenta soldados artificieros, extraídos de los regimientos acantonados en Lisboa.
Coste
Los trabajos fueron hechos por un ejército de campesinos portugueses, al que se añadieron dos regimientos de milicias. A los milicianos se les pagaba un suplemento de dos vintéms diarios.[13] Luego fueron reforzados por campesinos del entorno contratados a seis vintéms al día, que luego subieron a diez.[8] Cuando los franceses tomaron Almeida, la invasión francesa se aceleró y hubo una mayor presión por terminar a tiempo las líneas. Entonces se reclutó de manera forzosa a mayor número de campesinos, a los que se les pagó lo mismo que a los que trabajaban voluntariamente. El número de trabajadores simutáneos en un día cualquiera podía ser entre 5000 a 7000, divididos en equipos de 1000 a 1500 hombres, dirigidos por un ingeniero militar y unos pocos asistentes.[14].
Los materiales provenían o bien de la línea de suministros que, a través de Lisboa, se originaba de Inglaterra, transportada por la marina británica, o bien de los recursos del lugar. Afortunadamente Portugal era entonces un lugar boscoso. Las inmensas cantidades de madera para los reductos y sus defensas complementarias fueron tomados de la zona misma. Ello servía también a uno de los objetivos de las defensas: convertir amplias zonas en un inmenso glacis, que no ofreciera escondite a las fuerzas invasoras. Hubo desmontes, hasta la última piedra, y al mismo tiempo relleno de caminos rehundidos y de cárcavas. Se destruyeron las casas y huertos, y hasta viñedos y olivares enteros, indemnizando a sus propietarios.[15] Todos los materiales fueron sufragados por el comisariato del ejército, en especial la pólvora necesaria para labores de minado y para facilitar excavaciones.
El coste desembolsado en julio de 1810 ascendía a 60 000 libras, y en el momento en el que se internó el ejército de Wellington tras las líneas y en el que se presentaron los franceses ante ellas, esa cifra alcanzó las 100 000 libras.[16] Además de su guarnición propia, las tropas del ejército regular alojadas dentro de las líneas, a partir del 8 de octubre de 1810, fueron: 22.000 infantes y 3000 jinetes británicos, unos 22.000 infantes portugueses y 6000 infantes españoles (el contingente del marqués de la Romana).[17].