Captura y Almacenamiento de Carbono (CCS)
Introducción
La captura y almacenamiento de carbono (CAC o CCS, por su nombre en inglés carbon capture and storage) es una tecnología para evitar las emisiones de dióxido de carbono hacia la atmósfera o, retirarlo de ella mediante la captura directa de aire (DAC por sus siglas en inglés). La CAC consiste en separar el CO emitido por la industria y la generación de energía en los procesos de combustión, y transportarlo a un lugar de almacenamiento geológico para aislarlo de la atmósfera a largo plazo.
El proceso químico de captura de CO es energéticamente costoso y, probablemente, se produce CO durante el mismo. Este proceso solo retarda la liberación del CO, que no se puede almacenar indefinidamente. Sin embargo, este CO podría ser usado de formas múltiples.
Aunque el CO se ha inyectado en formaciones geológicas para diversos fines, el almacenamiento a largo plazo de emisiones de CO es un concepto relativamente nuevo. El primer ejemplo comercial es Weyburn en 2000; con una planta piloto de producción de energía con CAC integrada, operando desde septiembre de 2008 en la central térmica de Schwarze Pumpe de Vattenfall, en el este de Alemania, con el objetivo de responder a preguntas sobre la viabilidad tecnológica y la eficiencia económica.
La CAC aplicada a una planta de energía moderna convencional podría reducir las emisiones de CO a la atmósfera en aproximadamente 80-90 % comparado a una planta sin CAC.[1] El IPCC estima que la economía potencial de CAC podría ser entre 10 % a 55 % del total de mitigación del carbono hasta 2100.[1].
La captura y compresión de CO requiere mucha energía y aumentaría las necesidades de combustible de una central de carbón con CAC en un 25 %-40 %[1] Estos y otros costes del sistema se estima que aumentarán el coste de la energía de las nuevas centrales eléctricas con CAC en un 21 a 91 %.[1][2].
El almacenamiento de CO se prevé que sería en formaciones geológicas profundas, en las masas de aguas profundas, o en forma de minerales carbonatos. En el caso del almacenamiento oceánico profundo, existe el riesgo de aumentar enormemente el problema de la acidificación de los océanos, un problema que se deriva también del exceso de dióxido de carbono presente ya en la atmósfera y los océanos. Las formaciones geológicas son consideradas actualmente los sitios más plausibles de secuestro de carbono. En su Atlas de Secuestro de Carbono 2007, el Laboratorio Nacional de Tecnología de la Energía (National Energy Technology Laboratory) reportó que Norteamérica tiene suficiente capacidad de almacenaje para 900 años de producción de dióxido de carbono.[3] Un problema general es que las predicciones a largo plazo acerca del almacenaje seguro submarino o subterráneo son muy difíciles e inseguras, y persiste el riesgo de que el CO pudiera fugarse desde el almacenaje a la atmósfera.