Un rasgo relevante es que a partir del terremoto de Cartago de 1910, todavía en la memoria el evento telúrico de 1.888, se dio preferencia a sistemas constructivos más flexibles, como el bahareque francés y las paredes de madera revestidas con lámina troquelada. En una misma estructura se puede encontrar una combinación de bahareque, calicanto y láminas troqueladas. A partir de 1920 un grupo de arquitectos formados en el exterior y pertenecientes a los círculos intelectuales, introdujo al país un nuevo lenguaje arquitectónico.[1].
La arquitectura Caribeña-Victoriana se introduce en grandes proyectos urbanísticos en Quepos, Golfito, Palmar Sur, Coto y Laurel, a finales de los años 1930s. Más de 3000 casas se construyen siguiendo el mismo estilo y adaptadas al clima caliente y húmedo. Todas estas edificaciones son de dos pisos y con ventanas en los cuatro costados para permitir el viento cruzado, además de estar distribuidas pensando en la dirección del viento.
El Teatro Melico Salazar, inaugurado en 1928 y diseñado por el arquitecto y dramaturgo costarricense José Fabio Garnier, el antiguo teatro Raventós en aquel momento era el teatro de mayor capacidad en Centroamérica.
Con obras que en su mayoría se conservan y han sido declaradas patrimonio arquitectónico y/o cultural destacan, José María Barrantes (Aeropuerto La Sabana hoy Museo de Arte Costarricense, Casa Presidencial actual Asamblea Legislativa, Hospital Rafael Ángel Calderón Guardia), José Francisco Salazar (Embajada de México, Estación del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico), Paul Ehrenberg (Cine Palace, Edificio Schifter, Edificio Borges), Luis Llach (Edificio de Correos, Escuela Vitalia Madrigal, Edificio Herdocia, Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles "Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles (Cartago)"), Gobernación de Heredia), Teodorico Quirós (Parroquia San Isidro Labrador "Parroquia San Isidro Labrador (Vázquez de Coronado)"), Iglesia San Rafael de Escazú, Iglesia de Puriscal, Edificio Municipal de Cartago), Francisco Tenca (Casa Jiménez de la Guardia, Antigua Embajada Francesa, Liceo de Costa Rica, Edificio Steinvorth), Lesmes Jiménez (Colegio Superior de Señoritas, Antigua Aduana, Penitenciaría Central, Iglesia La Merced "Iglesia de Nuestra Señora de La Merced (San José)")), Gerardo Rovira (Librería Leheman, Castillo del Moro), Víctor Lores (Gran Hotel Costa Rica), Alfredo Andreoli (Castillo Azul), quienes incursionan en lenguajes formales tan variados como el neogótico, el ecléctico, el neocolonial y el art déco.[3][1][2].
Se construyeron asimismo casas neocoloniales, de una planta compacta, no de patio central, rodeadas de jardines, en los barrios González Lahmann, Amón, Paseo Colón y Escalante. Los movimientos locales se vieron a la vez estimulados por el vanguardismo europeo del art déco, cuya influencia puede notarse en cines como el Líbano e Ideal.
Artesanos y constructores locales acriollaron los lenguajes histórico-arquitectónicos. El resultado de esta simbiosis fueron los templos de Sarchí y Zarcero, en los que se colocaron frontones, torres y decoraciones vernáculas de una manera totalmente libre. Esta tradición fue adoptada por otros frentes de colonización. Entre 1920 y 1950, la arquitectura reflejó un enfrentamiento entre los lenguajes académicos y los antiacadémicos.
Nuevas formas constructivas reflejaban los cambios que vivía la sociedad en el tiempo de entreguerras, formas que se evidenciaban tanto en la arquitectura estatal y civil, como en la laica, la religiosa, la comercial y la habitacional.
En la segunda mitad del siglo , las tendencias de diseño se dirigieron primero al estilo moderno internacional, después de haber experimentado con el concreto y con materiales naturales locales, lo mismo que con materiales fabricados en el país y finalmente, se orientaron al manejo de una pluralidad de estilos descontextualizados.
A partir de 1948, el Estado acentuó su carácter protector y desarrollador por medio de las instituciones autónomas y amplió su presencia en el ámbito de los servicios, salud, banca, seguros y en el campo educativo, fortaleció la producción y fomentó el desarrollo industrial. Una nueva clase empresarial, surgida al amparo del modelo socialdemócrata, tomó la dirección del Estado y elevó notoriamente la calidad de vida, incidiendo en la cantidad y tipo de obras públicas y privadas.[1].
Las nuevas edificaciones utilizaron un lenguaje racional e internacional del movimiento moderno de la arquitectura y se convirtieron en emblemas del nuevo modelo de Estado.
Desde el punto de vista formal, los edificios eran volúmenes de marcada horizontalidad o verticalidad y estaban compuestos por planos integrados al medio urbano en sus primeros niveles, mediante diversos recursos formales: rampas, plataformas, volúmenes retraídos, losas en voladizo y superficies opacas o transparentes.
Un ejemplo representativo es el edificio de las oficinas centrales de la Caja Costarricense de Seguro Social, de los arquitectos Rafael Sotela Pacheco y Carlos Vinocour Granados, construido entre 1962 y 1966. Se trata de un volumen horizontal integrado al espacio urbano y una torre con un volumen saliente destinado a la sala directiva de la institución.
En general, los nuevos edificios fueron construidos con concreto armado, los sistemas de construcción con marcos rígidos o con columnas de concreto armado alternadas con muros de carga y sus entrepisos estaban compuestos por losas de concreto o por vigas pretensadas o postensadas. La estructura se complementaba con núcleos rígidos (para escaleras, ascensores y ductos) y con muros de cierre de mampostería de ladrillo. Algunos acabados, enchapes de mármol, pisos, cielos, marcos de aluminio y vidrios polarizados fueron traídos del exterior.
Otro ejemplo de edificio de influencia historicista es el Edificio Solera en San José, barrio la California que fuera remodelado con éxito por Jaime Rouillon, entre 2000-2002.
También el Banco Central de Costa Rica, cobra importancia por su emblemática función y ubicación, ubicado en San José, avenidas Central y 1ª y calles 2ª y 4ª. Diseñado por Jorge Escalante Van Patten entre 1959-1963. El sitio que ocupa el edificio del Banco Central es parte del nodo originario de la villita de San José. El cuadrante que ocupa, fue la incipiente plaza de la primera ermita de la villa (1738) –ubicada al este calle dos, entre avenidas Central y 1ª. En 1776, al trasladarse la ermita principal al sitio que ocupa hoy la Catedral, este cuadrante se convirtió en un segundo nodo secular y religioso de la villa. Se levantó, entonces, una segunda ermita dedicada a Nuestra Señora de las Mercedes, esta vez ubicada frente a la calle 4ª, entre avenidas Central y 1ª, y el edificio de la factoría de tabacos (1784). A mediados del siglo se agregaron nuevas edificaciones: el Congreso, llamado también Palacio Nacional (1850), y el cuartel y plaza de la Artillería (1870).[2].
Dentro de los criterios de sostenibilidad y los procesos de recuperación urbana, el Edificio del Banco Central, también fue otro caso exitoso de remodelación, a cargo de Ibo Bonilla entre el 2000-2003, quien también recuperó el Edificio del Banco Internacional, que hoy ocupa Recope, diseñado originalmente por Humberto Malavassi y Roberto Hall en 1982.[1].
A finales de la década de 1960 y durante la de 1970, un grupo de nuevos arquitectos estudiados en el exterior experimentó con el uso de materiales al natural y logró combinaciones de materiales y de formas que dieron como resultado el desarrollo de un lenguaje local para la arquitectura residencial. La otra tendencia aprovechó las ventajas plásticas y estéticas del hormigón, para crear una arquitectura escultórica, monumental, de carácter expresionista y de riqueza espacial, entre las que destacan:[1][2].