Escenificación del poder político por sí mismo
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Ciertas escenificaciones tienen una prolongada tradición, como son las entradas reales")[37] (imperiales"), pontificales") o presidenciales")). Otras fueron modas pasajeras. La aparición de nuevas tecnologías (grabado, imprenta, fotografía, cine, televisión o internet) modifica el grado de control que las autoridades poseen sobre su imagen, al tiempo que ofrecen nuevos medios de escenificación.
La puesta en escena del poder varía según su naturaleza y la imagen que el gobernante pretende dar de sí mismo en sus relaciones con los gobernados. El poder monárquico magnifica la figura del soberano ante los súbditos, el poder republicano procura respetar, en la forma si no en el fondo, las aspiraciones igualitarias de los ciudadanos. El poder puede jugar la carta de la proximidad o de la distancia, bajar a la calle o vivir retirado tras los muros de palacio, multiplicar las apariciones o hacerlas "caras" deliberadamente. Muestra de ello fue la diferencia en la Monarquía Hispánica entre la rigidez borgoñona de los Habsburgo en los siglos XVI y XVII, y la expansiva presencia pública de los "campechanos" Borbones desde el siglo XVIII.
El problema de la legitimidad del poder influenció su teatralización. El poder hereditario necesita probar su legitimidad (de ahí las fiestas asociadas al nacimiento de un heredero),[38] mientras que los gobernantes elegidos pasan por una fase de pesuasión (campaña electoral) en el curso de la cual deben mostrar las cualidades que les hacen aptos.
Más allá de las exhibiciones más o menos simbólicas o reales de fuerza (castillos, plazas de armas, alardes y desfiles; despliegue de panoplias y armerías), fueron generadores de distintos recursos de puesta en escena del poder la representación artística de las glorias militares (pintura de batallas, Galerie des Batailles")[39] del Palacio del Louvre, galería de batallas") del Monasterio de El Escorial, Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro) o del espacio geográfico sobre el que se pretende ejercer el poder (salas de escudos "Escudo (heráldica)") y pendones, la Galería de los Mapas de la Ciudad del Vaticano -en general, todos los recursos cartográficos-[40] o las vistas encargadas a Anton Van den Wyngaerde por Felipe II). En España la tradición de cartografía al servicio del poder se remonta a los portulanos mallorquines de los siglos XIII al XV, y aunque inicialmente la información, esencial para la expansión y conservación del Imperio español, era secreta, a medida que se expandió con la imprenta el negocio de la cartografía pública (la mayor parte en Holanda), se fue comprobando su eficacia como mecanismo de escenificación del poder con amplia repercusión (al igual que se comprobó que la divulgación de grabados de las construcciones, retratos, fiestas y otras ceremonias regias tenían incluso más repercusión que las obras o los actos mismos).[41] En 1795, Manuel Godoy encomendó a la familia de cartógrafos López el Gabinete Geográfico, adscrito a la Primera Secretaría de Estado y del Despacho Universal. En 1870 se creó el Instituto Geográfico Nacional "Instituto Geográfico Nacional (España)").
Monarquías
En ciertas sociedades, la escenificación del poder se fija en rituales. El soberano hereda una tradición más o menos vinculante, junto con los iura regalia y otros estereotipos que debe o puede asumir cuando accede al poder.[42] Madame Roland, a propósito de Luis XVI, dijo que «los reyes son educados desde la infancia en la representación».[43].
En la Edad Media española hubo muy distintas puestas en escena de los comienzos de reinado, aunque solían incluir juras")[54] (posteriormente mitificadas por los partidarios del pactismo) que marcaban los compromisos del rey con el reino (hubo numerosas iglesias juraderas") y algunos entornos naturales, como el árbol de Guernica, además de episodios legendarios, como la jura de Santa Gadea en la que el Cid se habría ganado la enemistad de Alfonso VI), los reyes de Castilla como señores de Vizcaya eran izados sobre un escudo, mientras que algunos reyes de Aragón fueron coronados en una ceremonia que escenificaba el paraíso y los ángeles para materializar el vínculo entre el monarca y Dios.[55].
Desde el siglo XV, la vida privada del soberano tiende a confundirse con la publica: su nacimiento, boda y funeral dan lugar a ceremonias donde se despliega todo el aparato de las autoridades civiles y religiosa para materializar la relación entre el poder y los súbditos, que devienen actores del espectáculo, reenviado al poder la imagen ideal que se hace de ellos. Rehusar la publicidad siempre fue mal percibido. La gran discreción de Luis XI, que contrastaba con los fastos en que se pone en escena corte borgoñona por la misma época, alimentó toda suerte de rumores. Resituado el plano del decorum, en el Manierismo se eliminaron tantas barreras que se permitía hasta la representación de los monarcas desnudos, como los héroes o dioses clásicos grecorromanos con los que se querían comparar (desnudo heroico), incentivando a los artistas para escenificar tales identificaciones. La figura de Hércules era una de las más recurrentes para ello.[56].
Existe un gran margen de maniobra que permite a cada soberano forjar su propia imagen. Felipe II, que para sus enemigos, forjadores de la leyenda negra, era "el demonio del mediodía", era para sus partidarios "el rey prudente", caracterizado por su sobriedad:.
Luis XIV, el "Rey Sol", originó una teatralización muy personal de la figura real que servirá de modelo a todas las monarquías europeas, incluyendo el nivel de décor")[58] (concepto similar al de decorado escénico -no debe confundirse con "decoración" ni con decorum-) que se alcanzó en el Palacio de Versalles, asimismo ampliamente reproducido.
La Monarquía Hispánica desarrolló una imagen más sacralizada que política del poder real.[60] El clero jugaba un papel importante en las ceremonias, y determinados espacios eclesiásticos tenían una especial vinculación con cada una de las monarquías: la catedral de Reims y la abadía de Saint-Denis en Francia, la abadía de Westminster en Inglaterra, la iglesia del monasterio de los Jerónimos de Madrid en España,[61] la monasterio de los Jerónimos de Lisboa en Portugal, etc.
Repúblicas
En las repúblicas que respeten las formas del ideal republicano, nada debiera distinguir la figura del jefe de Estado de la de sus conciudadanos. Como en la Commonwealth de Oliver Cromwell, las repúblicas modernas son herederas de una tradición de simplicidad que se remonta a Esparta y a los comienzos de la República romana. Aunque los imperativos de seguridad imponen la presencia de cuerpos armados, similares a la guardia de corps de las monarquías, se procura una apariencia discreta, en segundo plano. Se distingue la vida pública y privada del jefe de Estado. No hay heredero, de modo que la familia del jefe de Estado no se expone a la luz pública.
Uno de los ejemplos más extremos fue el de Gandhi, quien desarrolló dispositivos a la vez originales y tradicionales (el dhoti, el bastón de peregrino, la rueca) fácilmente interpretables por sus conciudadanos y también por los propios británicos ante los que vino a reivindicar su causa en 1931. La figura ascética de Gandhi es una tentativa extrema de hacer coincidir la realidad y el ideal del hombre de poder al servicio del pueblo.
La laicización del poder republicano en ciertos países europeos dará lugar a una recuperación o reemplazamiento de los símbolos religiosos por laicos. La cuestión de los límites de la puesta en escena laica del poder se volvió espinosa a comienzos del siglo XXI.
En las democracias, las campañas electorales son un momento de alta visibilidad para los candidatos a ocupar el pode, y cumplen el papel de puesta en escena del candidato. Mario, elegido cónsul in absentia, emprendió sin tardanza la vuelta a Roma para hacerse ver como triunfador y demostrar que los dioses le habían otorgado su favor. Charles Dickens describía en el siglo XIX rituales de campaña (estrechar las manos de los electores, besar niños) que siguen utilizándose más de un siglo después;[70] cuando, los equipos que gestionan las campañas ya incluyen, junto a los políticos, consejeros en comunicación y publicidad (spin doctor, marketing político).
Regímenes parlamentarios
La puesta en escena de la representación nacional en los regímenes parlamentarios alcanza un alto grado de sofisticación en algunos casos, como el del Parlamento británico (el speaker en su estrado, con peluca y toga, arbitra el enfrentamiento ritual entre partidarios del gobierno y de la oposición, sentados unos frente a otros a ambos lados de la Cámara de los Comunes; todos han de salir hacia la Cámara de los Lores para escuchar el discurso, que en nombre del gobierno, hace anualmente el rey o reina). Bajo los convencionalismos románticos, la pintura de historia del siglo XIX tuvo como uno de sus temas la reconstrucción historicista, más imaginada que verosímil, de los parlamentos medievales").[71].
Dictaduras
En el periodo de entreguerras, la crisis del Estado liberal llevó en muchos casos al alejamiento explícito del ideal democrático y el establecimiento de regímenes dictatoriales con partido único y jefe carismático, con un perfil de salvador o de hombre providencial: Mussolini en Italia, Stalin en la Unión Soviética, Kemal Atatürk en Turquía, Pilsudski en Polonia, Hitler en Alemania, Oliveira Salazar en Portugal, Francisco Franco en España, Mao en China, etc. Se asistía a un verdadero culto a la personalidad, con la multiplicación de las imágenes del padre de la nación ("padrecito", Atatürk) o héroe salvador (Duce, Führer, Caudillo, Gran Timonel, etc.) Entre las dictaduras africanas")[72] instauradas a partir de la descolonización, el ugandés Idi Amin Dada intentó en los años 70 utilizar mecanismos semejantes para crearse una imagen, tanto ante sus gobernados como ante la opinión internacional, de triunfador que revertía los papeles de colonizador y colonizado; empeño en el que le superó, hasta su derrocamiento y muerte, el dictador libio Muamar el Gadafi.[8].
Paradójicamente, los regímenes autoritarios o totalitarios, al mismo tiempo que multiplican las imágenes de propaganda, ocultan la verdadera figura del poder, hasta el punto que se excita la circulación de rumores sobre el verdadero estado de salud de los dirigentes (gerontocracia soviética con Stalin y sus sucesores, como Leonid Brézhnev o Konstantín Chernenko).
Con el fin de prevenir cualquier fallo en el control de las escenificaciones oficiales, opera una inversión de la situación: el sujeto, de espectador deviene objeto de vigilancia.[73] Los "todopoderosos" e "invisibles" servicios secretos, construyen por su ausencia de la escena política una imagen de sí mismos todavía más terrible, ya que se dirigen a los miedos imaginarios de los sujetos. Así surge la figura del "Gran Hermano" (''Big Brother) descrita por George Orwell en su novela 1984 "1984 (novela)").
Poder oculto
Desde finales del siglo XX, la multiplicación de medidas de seguridad, como cámaras de vigilancia en lugares públicos, en razón de la amenaza terrorista, es frecuentemente acusada de ser una deriva hacia un poder oculto") ─criptarquía) que escape al control del ciudadano─. El término existía con anterioridad y se aplica a las figuras con poder real pero que no se muestran públicamente sino que operan en las sombras, como los distintos personajes históricos que han sido calificados de «eminencia gris». Estas fuerzas ocultas pueden tener existencia real o bien ser fruto de una campaña de desinformación ─falsas teorías de conspiraciones, los protocolos de los sabios de Sion, la leyenda de Rasputín, los illuminati, el Club Bilderberg, etcétera.
Según Michel Foucault, tras la caída de la monarquía se asistió a un giro fundamental de la forma en que el poder se manifiesta ante el pueblo al que gobierna. Hasta entonces increíblemente visible ante todos, el poder frontal se difumina enseguida tras la arquitectura de las instituciones de tal forma que su carácter elusivo hace pensar que está presente por todas partes y en todo tiempo, aunque en realidad está ausente o es débil. En Vigilar y castigar, Foucault da el ejemplo del panóptico, un modelo arquitectónico imaginado por Jeremy Bentham para la construcción de prisiones que racionaliza el control de la delincuencia.
Las fuerzas ocultas trabajan, pues, entre las bambalinas del teatro político, mientras que los gobernantes elegidos son descritos como marionetas de cuyos hilos tiran, o como peones sin voluntad que otros mueven por el tablero político. En los Estados Unidos, la amplitud del poder tras el trono representado por el dinamismo de Karl Rove, responsable de la reelección de Bush en 2004, es perceptible a través de la atención mediática dada al escándalo Plame-Wilson").[74] El éxito de series de intriga política (The West Wing, House of cards "House of Cards (serie de televisión de 2013)")) que pretenden desvelar los aspectos más íntimos del poder presidencial, refleja el interés del público por lo que ocurre fuera de la escena.
Revoluciones
Los periodos revolucionarios, periodos de inversión e inestabilidad del poder, invitan igualmente a las escenificaciones, a veces macabras, cuando las cabezas de los enemigos del pueblo se exhiben en la punta de las picas. Las revoluciones populares son particularmente interesantes desde el punto de vista de la puesta en escena, dado que el pueblo se hace momentáneamente detentor del poder, asistiéndose a una inversión de las representaciones, como en el carnaval, un "mundo al revés", "patas arriba" (The world turned upside down")).[75].
En la Revolución inglesa, los roundheads dieron una imagen austera de la Commonwealth puritana y disidente (dissenters) por la simplicidad de su puesta en escena: se cortaban el pelo y llevaban vestimentas sombrías para marcar su diferencia con los cavaliers, representantes de una aristocracia pródiga identificada con la "Iglesia establecida" (establishment) o incluso con el catolicismo papista. Estos, a su vez, exageraron las extravagancias que se les reprochaban (cabellos largos y rizados, dentelles, sombreros empenachados).
Se trata allí de una oposición que se inspira en las representaciones estereotipadas de la Antigüedad, oponiendo la república frugal de los inicios de Roma con la decadencia de su final. La ejecución pública de Carlos I se presentó al espíritu de los revolucionarios como el último acto de una tragedia nacional: la caída de la orgullosa monarquía.
La Revolución francesa también buscó su inspiración en la historia antigua: peinados à la Titus, gorros frigios. El abandono del pelucón y el culotte de la moda aristocrática ambientó la democratización del poder.[76] Se "republicanizaron" los espacios monárquicos: la place Louis-XV se convirtió en place de la Révolution, donde se instaló la guillotina para Luis XVI.[77] Las ejecuciones se integraron también en la escenificación del poder revolucionario. Toda Europa (y en particular los monarcas extranjeros) pudo ver, gracias a los grabados,[78] el momento del regicidio. Una de las preocupaciones del nuevo poder fue organizar festejos, en los que el pintor Jacques Louis David fue maître d'œuvre.[79] El Directorio prosiguió esta política. La Fête des arts del 9 al 10 de thermidor del año VI celebró los triunfos en Italia del ejército de la República comandado por Bonaparte. Desfilaron diez carrozas escoltadas por todos los profesores, estudiantes y personalidades del mundo de las artes de la capital. La fiesta terminó con la coronación del busto de Bruto, icono del republicanismo por su lucha contra la tiranía de César.[79].
Durante la Revolución cultural maoísta en China, se asiste de nuevo a la puesta en escena de esa inversión del poder, con los guardias rojos organizando la auto-crítica pública de los intelectuales acusados de reaccionarios antes de enviarlos a ser reeducados bajo la autoridad de los campesinos.