Historia de la profesión
Maestros de obra
Los maestros de obra eran los constructores de iglesias y catedrales de la época medieval. Se llamaban magister operis o magister domorum, es decir, maestro de obra o maestro de casas. Estuvieron siempre ligados a otros oficios como los carpinteros. Su organización era gremial y el acceso se hacía por cooptación, mediante una selección o reclutamiento de nuevos miembros por nominación interna. Esta estructura cerrada en sí misma dio pie a la creación de la masonería o francmasonería. Hasta el fin del Antiguo Régimen pertenecieron al estamento menestral. En el siglo , los maestros de casas de Barcelona se constituyeron independientes y recibieron privilegios de Carlos V, de Felipe II (1585) y de Felipe III (1599); eran gobernados por tres cónsules. Mencionados por primera vez en 1415, recibieron diferentes ordenaciones durante el siglo (1743, 1762, 1796). Antes del siglo , los arquitectos de cargos oficiales eran llamados Maestros Mayores del Reino.
En 1787, empieza la formación académica y aparece el título de Maestro de Obras en la Academia de San Fernando de Madrid, dejando atrás el aprendizaje de gremios, únicos oficios existentes desde la Edad Media. En 1855, la Ley Luján, eliminó los estudios de maestro de obras, ya que a su juicio éstos se habían creado para cubrir una necesidad puntual de construir y la carencia de arquitectos. A los maestros de obras carecía el estudio del arte, que necesitaban los monumentos. Pero el título de Arquitecto sólo podía obtenerse en la Escuela Especial de Madrid"). En 1858, se volvieron a reanudar las clases con la Ley General de Instrucción Pública y la Escuela pasó a formar parte de la Universidad que restablecía la enseñanza. En 1871, la enseñanza de maestro de obras se extinguió definitivamente dando alguna posibilidad de recuperación a los alumnos que estaban en curso.
Aparejadores[3]
«Aquí yace Guillen de Rohan, maestro de la iglesia de León y aparejador de esta capilla» : La cita corresponde a uno de los sepulcros de las capillas de Santa Clara (Tordesillas) y supone la primera referencia escrita que se conserva sobre la profesión de aparejador.[4] Guillen murió en la primera mitad del siglo , confirmando que esta profesión técnica es una de las más antiguas de nuestro país. La función de los aparejadores era organizar, supervisar y ejecutar las obras en los aspectos técnicos y económicos cotidianos, y aparece definida con claridad en la segunda mitad del siglo ,[5] y tuvo una gran importancia durante la construcción de los grandes edificios del renacimiento.
La denominación profesional (no confundir con la titulación académica) se comenzó a recoger en la abundante documentación de las grandes obras de nobles y reyes de mediados del siglo . Su primera acepción profesional es la de técnicos y ejecutores de la estereotomía de la piedra. La cualificación de Aparejador se otorgaba a los maestros mayores ante la demostración de la práctica profesional y de sus conocimientos técnicos ante un tribunal integrado por los mejores artistas, que eran peritos en Arquitectura, Escultura y Pintura, un primer antecedente de las actuales «oposiciones». En abril de 1620, Francisco de Potes fue seleccionado por un Tribunal para ocupar la plaza de Aparejador de las obras reales de la Alhambra de Granada.
A partir de 1757 (cuando se crea la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando), el modelo gremial del maestro constructor empieza a ser sustituido por la profesionalización del arquitecto-artista diseñador de la obra. En esta estructura organizativa, los Aparejadores se promocionaron a la categoría de maestros mayores o arquitectos de las grandes obras reales. Fue el 24 de enero de 1855 cuando el denominado «Decreto Luján» instituyó el título de Aparejador en sustitución del de maestro de obras. En 1895 se dispone que los estudios correspondientes se realizarían en las Escuelas de Artes y Oficios, pero sus atribuciones no se fijan hasta 1902. La Real Orden del 5 de enero de 1905 plasma, por primera vez, el logro político de un órgano corporativo de la profesión: la Sociedad Central de Aparejadores. En 1919, el Real Decreto del 28 de marzo recoge la intervención obligada del Aparejador en todas las obras dirigidas por los arquitectos del Estado, provincia o municipio cuyo presupuesto supere las 15.000 pesetas. Asimismo, este Real Decreto alude por primera vez a la responsabilidad civil o criminal en que puede incurrir el Aparejador, derivada de su actuación a las órdenes del arquitecto.
Los dos hitos históricos en los que culminaron las aspiraciones de la profesión para el ejercicio liberal se forjaron en los Decretos de 1935 (donde surgió la configuración actual de la profesión, al establecer la obligatoriedad de intervención de los Aparejadores en todas las obras de arquitectura).
Académicamente, también constituyó un hito importante la Ley de Enseñanzas Técnicas de 1957, al configurar los estudios que se impartían en las Escuelas de Aparejadores, introduciendo el Curso Preparatorio más los tres años de carrera, y que estableció las especialidades de urbanismo, organización de obras e instalaciones.
Arquitectos técnicos[3]
La titulación universitaria de Arquitecto Técnico apareció en España con esta denominación en 1964 y se integraron los estudios en la Universidad a partir de la Ley General de Educación de 1970. Las Escuelas Universitarias de Arquitectura Técnica se constituyeron por Decreto del 10 de mayo de 1972.
En 1999 se inició en Europa un proceso de armonización de los diferentes sistemas educativos de la UE, conocido como Proceso de Bolonia, que supuso la adaptación del sistema universitario español al Espacio Europeo de Educación Superior. Con esta adopción la titulación universitaria de arquitectura técnica pasó a ser un grado universitario de cuatro años (240 ECTS).
Los tres hitos históricos de la profesión de arquitecto técnico son el Real Decreto de Atribuciones de los Arquitectos Técnicos de 1971 y el de tarifas de honorarios de 1979 se produce una ordenación más amplia de la intervención de los Arquitectos Técnicos en los trabajos propios de su profesión. Con la Ley 12/86 (refrendada por la Ley 33/1992) quedan definitivamente fijadas las atribuciones de los Arquitectos Técnicos. La capacidad de proyectar obras que no requieran proyecto arquitectónico, la dirección de la ejecución material de las obras y el ejercicio de la docencia son los aspectos más destacados del cuadro normativo hoy en vigor.
El tercer hito histórico es la promulgación de la Ley 38/99, de Ordenación de la Edificación, de 5 de noviembre —LOE—, que tuvo una gran importancia en el desarrollo del proceso de la edificación y en el desarrollo de la actividad profesional, así como en la consolidación de las competencias propias de los Arquitectos Técnicos. La norma puso fin a casi un cuarto de siglo de intentos frustrados por conseguir una norma común que regulara el proceso de la edificación. La Ley ha consagrado para el futuro el modelo de dirección facultativa colegiada[7] (director de obra y director de la ejecución de la obra), integrada por arquitecto y Arquitecto Técnico, con exigencia de intervención de este último en todas las obras cuyos usos se correspondan con la edificación de carácter administrativo, sanitario, religioso, residencial, docente y cultural, así como en todas las edificaciones del ámbito de la ingeniería cuya dirección de obra se desempeñe por el arquitecto.
Ingenieros en edificación
En la mayor parte del resto del mundo, esta titulación fue desarrollándose desde los maestros de obras hacia lo que hoy son los ingenieros de edificación[8] o los ingenieros civiles.
En inglés, en el ámbito académico, la ingeniería de la edificación está asociada a formaciones generalistas bajo las expresiones de Architectural Technology y Construction Management (principalmente en Reino Unido e Irlanda), Building Engineering (principalmente en Canadá y Australia), Architectural Engineering (principalmente en los Estados Unidos, aunque también en Reino Unido). También es frecuente la expresión Building Construction.
En lenguas latinas, especialmente en Europa, su denominación es homogénea, siendo la expresión usada la de ingeniero de la edificación, traducida a cada una de las lenguas respectivas: en italiano, ingeniería edile; en francés, ingeniería du bâtiment; y, en las diferentes lenguas de España, ingeniería de la edificación en castellano, eraikunta ingeniaritza en euskera, ingeniería de la edificación en catalán o valenciano, e ingeniería de la edificación en gallego.
En alemán, la ingeniería de la edificación está vinculada a la expresión de ingeniería civil o bauingenieur, y asociada a la construcción de estructuras bajo el término Hochbau, y a la gestión de la construcción bajo el término Bauleiter; sin embargo, la denominación para designar esta ingeniería en los países de lengua alemana, tanto Alemania como Austria, es la de Ingenieurin für Hochbau, que traducido al castellano sería igual que en italiano o francés, ‘ingeniería de la edificación’. Asimismo, por designar su profesión en lengua inglesa, la denominación más común, en cualquier parte del mundo, es la de Building Engineering o ‘ingeniería de la edificación’.
Hay vías distintas en su formación académica, actualmente la más desarrollada es la que parte de un título de formación generalista en ingeniería de la edificación, como en Francia, Italia, Australia, Canadá, Estados Unidos, Malasia o recientemente España, otra vía es como una especialidad o disciplina dentro de la titulación de ingeniería civil, bien como una especialización en el segundo ciclo, a través de un máster en Ingeniería de la edificación, bien como una titulación de grado asociada a la ingeniería de la construcción, que abarca tanto edificación como obra pública, o una titulación de grado asociada a la ingeniería estructural.
Históricamente, en algunos países, las titulaciones actuales en esta ingeniería han derivado de la formación de arquitecto, caso de Dinamarca o Finlandia, o del ingeniero civil. Asimismo, también es frecuente la doble titulación de Arquitecto-Ingeniero de la Edificación, como en Italia, España, Japón o Corea del Sur.